Ella McCay marca el regreso de James L. Brooks al cine después de quince años, un dato que inevitablemente eleva las expectativas. Aunque es, sin duda, su trabajo más sólido en casi tres décadas —especialmente si se compara con Spanglish o As Good as It Gets — el resultado final es una mezcla dispareja de encanto clásico y tropiezos narrativos. La película ofrece momentos de calidez emocional y honestidad, pero también revela una estructura caótica y un retrato político que se siente culturalmente desconectado.
Una historia política con corazón familiar
Ambientada en 2008, la cinta sigue a Ella McCay (Emma Mackey), teniente gobernadora de un estado no identificado que se prepara para asumir la gobernación tras la salida del Gobernador Bill (Albert Brooks), destinado al equipo de transición de Obama. Aunque Ella llega con una agenda progresista enfocada en mejorar las condiciones para las madres trabajadoras, su conflicto central es íntimo: la inesperada reaparición de su padre Eddie (Woody Harrelson) y el peso emocional que todavía carga su familia.
En paralelo, su matrimonio aporta una tensión adicional. Ryan (Jack Lowden), su novio desde la adolescencia, quiere un rol más visible en la administración. Mientras que Helen (Jamie Lee Curtis), su enérgica tía camarera, funge como la voz de apoyo para sus ambiciones políticas.
Una estructura que no logra sostener sus ideas
La mayor debilidad de Ella McCay es su falta de definición. A diferencia de Broadcast News, donde Brooks equilibraba humor, drama y precisión temática, esta nueva entrega intenta abarcar demasiados tópicos sin profundizar en ninguno. La presión sobre los padres trabajadores, los traumas familiares, las disfunciones del gobierno estatal y el concepto de perdón se presentan como pilares dramáticos, pero rara vez se desarrollan de manera coherente.
El guion avanza entre escenas desconectadas y cambios de ritmo abruptos, dando como resultado un relato que parece avanzar sin brújula. A ello se suma un recurso narrativo poco efectivo: Estelle Roth (Julie Kavner), asistente de Ella y narradora ocasional. Su presencia no tiene impacto real en la historia, y su intervención termina sintiéndose arbitraria.
La representación del panorama político tampoco ayuda. El idealismo casi naïf con el que se retrata la maquinaria gubernamental se siente desfasado, incluso considerando que la historia se ubica en 2008.

Actuaciones sólidas en un mar de personajes subdesarrollados
A pesar del caos estructural, el reparto hace lo posible por mantener la película a flote. Sin embargo, muchas relaciones se ven afectadas por decisiones narrativas poco claras o falta de profundidad. Casey (Spike Fearn), el hermano menor, aparece distanciado sin razones convincentes, mientras que Ryan experimenta un cambio de carácter brusco que no se sostiene en la lógica interna del filme.
Jamie Lee Curtis, aunque carismática, recibe diálogos y situaciones que exageran sus excentricidades, restándole naturalidad. Otros personajes secundarios quedan atrapados en estereotipos o motivaciones difusas.
En contraste:
- Emma Mackey sostiene la película con una interpretación sensible y matizada. Su capacidad para expresar vulnerabilidad y confusión convierte a Ella en una figura creíble, incluso cuando la historia no está de su lado.
- Rebecca Hall, presente en flashbacks, entrega una actuación breve pero impactante. Sugiere un drama familiar más interesante del que la película desarrolla.
- Kumail Nanjiani, como el Trooper Nash, aporta momentos de humor gracias a su impecable timing, aunque su personaje es arquetípico.
Un cierre ambivalente para una obra irregular
Ella McCay funciona mejor como drama de personajes que como comentario político. Su ritmo, marcado por pausas extensas y diálogos que se dilatan, provoca una experiencia visual estática. El final ha sido señalado como “agonizante”: un intento de combinar cinismo y empoderamiento que no termina de cuajar.
Aun así, el filme demuestra que Brooks conserva momentos de lucidez emocional y un talento particular para las dinámicas familiares. Lo frustrante es que esas chispas de calidad subrayan lo que pudo haber sido y no fue.
Conclusión
Ella McCay es un regreso digno, pero no memorable, para James L. Brooks. Emma Mackey eleva el material y ofrece razones suficientes para verla. Aunque la película se pierde en su ambición temática y en una estructura que nunca alcanza verdadera cohesión. El resultado es un drama cálido pero irregular, entretenido pero inconsistente.
Aquí está su tráiler.