Casa Pura: Drama, Duelo y la Belleza del Cine Puertorriqueño (Reseña)

El cine puertorriqueño lleva años construyendo un puente entre la isla y su diáspora, ofreciendo al mundo historias que destilan identidad, dolor colectivo y una esperanza que se niega a apagarse. Con Casa Pura, el director y guionista Bruno Irizarry —conocido por sus trabajos previos 23 Horas y Yerba Buena— entrega su propuesta más íntima y ambiciosa hasta la fecha: un drama que, con el peso del huracán María como telón de fondo insoslayable, explora las dimensiones más universales del duelo y la reconstrucción.

No es únicamente una historia sobre un hombre y un hotel. Es, en su esencia más pura, una carta de amor a la isla y a quienes se han negado a dejar que la tormenta —sea meteorológica o emocional— se lleve consigo lo que más aman. Les comparto el tráiler de la película.


Una Historia de Sanación y Legado

Casa Pura

La trama nos presenta a Joaquín, interpretado por Jencarlos Canela, un músico atrapado en un duelo que lo paraliza desde adentro. Su esposa, Lucía —interpretada por Camila Monclova—, ha fallecido, y Joaquín no ha encontrado la manera de seguir hacia adelante. La película utiliza con inteligencia un recurso narrativo onírico: el protagonista continúa conversando con Lucía en sueños y en momentos de vigilia que rozan lo espectral. Estas apariciones no son meros efectos dramáticos; son la visualización precisa de lo que significa estar atrapado entre el pasado que se amó y el presente que se teme enfrentar.

Este dolor interno tiene consecuencias externas muy concretas: Joaquín ha descuidado Casa Pura, el pequeño hotel boutique que él y Lucía construyeron juntos con orgullo y sacrificio. Cuando el huracán María sacudió la isla, el edificio quedó dañado, y la realidad no ha esperado a que Joaquín se sane para exigirle una respuesta. El conflicto estalla cuando Sandra (Mariana Monclova), la cuñada de Joaquín, regresa dispuesta a vender la propiedad a un comprador estadounidense con planes que transformarían el espacio irreconociblemente. El problema: el hotel estaba registrado a nombre de Lucía, y el testamento ha desaparecido.

Joaquín tiene apenas dos días para encontrar el documento que acredite que su esposa le heredó el hotel. Mientras busca, se ve obligado a convivir con Sofía (Laura Alemán), la agente inmobiliaria del comprador. La premisa es clásica en su mecánica —la carrera contra el reloj, los opuestos que terminan conectando—, pero Irizarry la ancla en una autenticidad cultural y emocional que la eleva por encima del promedio. Las pistas que Joaquín cree que Lucía le ha dejado funcionan tanto como dispositivo narrativo como símbolo del vínculo que se niega a romperse aun después de la muerte.


El Elenco: El Motor Emocional de la Película

Una película como esta se sostiene o se derrumba sobre los hombros de sus actores, y Casa Pura tiene la fortuna de contar con un reparto que asume el reto con honestidad y talento. Jencarlos Canela ofrece una de las actuaciones más completas de su carrera: logra transmitir con naturalidad la vulnerabilidad de un hombre que ha convertido el dolor en una armadura, sin caer en la sobreactuación que a veces acompaña a los dramas de este tipo. Su Joaquín es creíble porque es humano —tiene momentos de humor inesperado, de terquedad frustrante y de una ternura que emerge exactamente cuando más se necesita.

La dinámica entre Canela y Laura Alemán es el corazón romántico del filme, y la química entre ambos se construye de manera gradual y convincente. Alemán tiene el difícil trabajo de hacer simpática a un personaje que llega, en principio, como antagonista del protagonista; lo logra con una gracia que transforma a Sofía en mucho más que un simple contrapeso narrativo. Por su parte, las hermanas Camila y Mariana Monclova representan dos caras de un mismo legado familiar: Camila como presencia espectral que guía, y Mariana como antagonista cuyas motivaciones, aunque conflictivas, guardan su propia lógica interna. El elenco de apoyo —Paolo Schoene (Un Día de Mayo) y Calma Cardona— aporta textura y solidez al entorno de Joaquín, construyendo una comunidad que se siente genuina.

Casa Pura

Luz, Sonido y la Isla como Personaje

Desde el punto de vista técnico, Casa Pura es una película de considerable belleza. La cinematografía a cargo de Heixan Robles es, sin lugar a dudas, uno de sus elementos más destacados. Robles no utiliza los exteriores de Puerto Rico como mero decorado pintoresco; los convierte en un lenguaje visual que dialoga directamente con los estados emocionales de los personajes. Los encuadres amplios del paisaje —costas, vegetación, cielos de posgusto de tormenta— no buscan la postal turística. Buscan, y encuentran, el alma de un lugar que ha sobrevivido y que sigue siendo hermoso precisamente porque ha sobrevivido.

Su banda sonora, compuesta por Geronimo Mercado, complementa con acierto el tono general del filme. La música no intenta manipular las emociones del espectador con trucos fáciles, sino que acompaña la narrativa con discreción y sensibilidad. La producción en su conjunto —con la participación de Lizaida Rivera, Shimmy McHugh, Ariel Anexxy e Irizarry— muestra un nivel de acabado que rivaliza con estándares más exigentes del cine contemporáneo regional.


El Desafío del Tono: Entre el Drama y la Comedia

Casa Pura no es una película sin defectos, y reconocerlo es también parte de hacerle justicia. El punto de tropiezo más visible es una cierta inestabilidad tonal que recorre el filme de manera intermitente. Por momentos, la cinta opera con la profundidad y el peso emocional de un drama sólido: la pérdida, el huracán, la lucha por preservar un legado. Sin embargo, en otras secuencias, la película vira hacia la comedia romántica de manera abrupta, con escenas que en algunos casos rozan lo absurdo y que pueden romper la inmersión que el guion había construido con esmero.

Este choque de tonos es el aspecto que más divide a la crítica. Hay quienes consideran que los momentos de humor funcionan como un respiro necesario en una narrativa emocionalmente densa; otros sienten que las transiciones son demasiado bruscas. Lo cierto es que, a pesar de esta tensión no siempre resuelta, la calidez del mundo que Irizarry ha construido —sus personajes, sus paisajes, su música— termina siendo más fuerte que las inconsistencias del tono.


Más que una Historia de Amor: El Peso del Huracán María

Es importante no subestimar la dimensión política que subyace en Casa Pura. La amenaza de que un comprador externo adquiera la propiedad y la transforme con “planes muy distintos” no es un detalle argumental menor; es el reflejo de una tensión muy real que Puerto Rico lleva décadas enfrentando: la del capital foráneo que llega a rediseñar espacios con poca consideración por el tejido humano y cultural que los habita. La búsqueda de Joaquín es también la lucha de una comunidad por conservar su identidad, su memoria y su autonomía sobre los lugares que le pertenecen.

Irizarry tiene el buen tino de no convertir esta dimensión en un manifiesto, sino de dejarla fluir de manera orgánica dentro de la narrativa emocional. El resultado es una película que puede disfrutarse como un drama romántico con humor y corazón, pero que también dice algo más profundo sobre la resiliencia, la pertenencia y el precio de reconstruirse después de una catástrofe.

Casa Pura

Veredicto Final

Casa Pura es una película que, como sus propios personajes, lleva las cicatrices de sus imperfecciones a la vista, y es precisamente por eso que resulta tan genuinamente humana. Es una historia tierna, visualmente espléndida y emocionalmente honesta sobre el duelo, el amor, la herencia y la reconstrucción. En el contexto del cine puertorriqueño actual, representa un paso adelante significativo: prueba que es posible hacer cine local de alta factura que hable con franqueza sobre las heridas de la isla sin renunciar a la calidez ni a la esperanza.

Calificación Final

8 / 10

Casa Pura es cine puertorriqueño con alma: una historia bien contada, filmada con una belleza que solo la isla puede ofrecer. Sus imperfecciones no opacan lo que logra —emocionar, conectar y recordarnos por qué el cine local importa. Definitivamente vale la pena vivirla en la pantalla grande.

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