The Bride!: Jessie Buckley y Christian Bale le dan vida a Frankenstein (Reseña)

Cuando Maggie Gyllenhaal debutó como directora con The Lost Daughter (2021), el cine de autor femenino respiró aliviado. Aquella adaptación de Elena Ferrante era una obra precisa, emocionalmente cargada y estilísticamente impecable, capaz de decir lo indecible sobre la maternidad sin pronunciarlo en voz alta. Su segunda película, The Bride!, era entonces una incógnita fascinante: ¿hacia dónde iría una cineasta con semejante debut? La respuesta, aparentemente, era hacia el caos absoluto, con los ojos bien abiertos y cien millones de dólares de Warner Bros. en el bolsillo.

Lo que Gyllenhaal ha entregado es una obra que desafía cualquier categorización cómoda. ¿Es una película de terror? No del todo. ¿Una película de premios? Para nada. ¿Un posible éxito de taquilla? Difícilmente. Es, en cambio, una ópera punk feminista ambientada en el Chicago de los años 30, una reinterpretación irreverente del mito de Frankenstein que mezcla el horror gótico, el melodrama criminal al estilo de Bonnie and Clyde y números musicales de época. El resultado es una película que, dependiendo de a quién se le pregunte, es una llamarada de audacia cinematográfica o uno de los desastres narrativos más caros de los últimos años.

Tráiler de lanzamiento

Una premisa que promete lo que no siempre cumple

La historia arranca con una secuencia surrealista en la que Mary Shelley, fallecida en 1851, se presenta como narradora de su propia obra prohibida, cediendo el testigo a Ida, una joven asesinada cuyo cuerpo es reanimado por la Dra. Euphronius (Annette Bening) a petición del monstruo de Frankenstein, apodado Frank (Christian Bale), quien busca compañía para mitigar una soledad de siglos. Hay mucha trama aquí: los dos amantes convertidos en fugitivos, con una pareja de detectives de Chicago —Peter Sarsgaard y Penélope Cruz— siguiéndoles la pista; la obsesión del monstruo con el galán musical Ronnie Reed (Jake Gyllenhaal); y el aspecto singular de la Novia —labios negros, una mancha de tinta en la mejilla— inspirando imitadoras que se alzan contra sus opresores masculinos.

Es una película que se siente más que se explica. Es el tipo de cine que venera el cine mismo, una cacofonía de ideas —algunas estimulantes, otras a medio cocer— que juega libremente con el clásico gótico de Mary Shelley, una historia de amor perturbada y un grito femenino legítimo, todo en uno. El problema es que esa cacofonía raramente se convierte en sinfonía.

Jessie Buckley: entre la genialidad y el vértigo

El peso de la película recae sobre Jessie Buckley, quien realiza un trabajo triple como Mary Shelley, Ida y la entidad híbrida resultante. La actriz es uno de los elementos más discutidos de la cinta. Su interpretación no puede calificarse de “buena” según ningún parámetro tradicional, pero encaja perfectamente con el resto de la película: es grande, bulliciosa, frenética y desenfrenada, y es claramente lo que Gyllenhaal buscaba.

Para sus defensores, Buckley es electrizante, capaz de transformar su cuerpo y su voz de manera radical de un plano a otro. Para sus detractores, la actuación resulta extenuante. Es divertido ver a Buckley, tras la sinceridad de Hamnet, ofreciendo una interpretación de furia esquizoide sin red, donde Ida toma como mantra una frase de Bartleby, el escribiente de Melville: “Preferiría no hacerlo”, negándose a obedecer las normas de un mundo masculino hasta convertirse en una vengadora feminista. Si ese arco resulta convincente o meramente ilustrativo es una pregunta que la película no termina de responder.

Christian Bale, por su parte, elige el camino opuesto. Bale opta sabiamente por la contención, dando como resultado un monstruo de ingenio silencioso y corazón ocasionalmente roto. Su Frank es un ser sensible cuya comprensión del amor proviene exclusivamente del cine de Hollywood, especialmente de los musicales de su ídolo ficticio Ronnie Reed. Bale y Buckley forman una pareja de criaturas dañadas que se encuentran en los márgenes del mundo, y en sus mejores momentos juntos, la película destella algo que se parece a la emoción genuina.

the bride Jessie Buckley

Estética y dirección: el riesgo como método

Visualmente, Gyllenhaal construye un universo propio, sucio y expresionista, que bebe del cine de monstruos de los años 30, del noir de gánsteres y de los musicales de la RKO. La directora aprovecha cada oportunidad para emular el cine de los años 30 y saquear una plétora de versiones cinematográficas de Frankenstein, desde James Whale hasta Mel Brooks, con un lema no oficial que podría ser: “algo prestado, algo prestado, algo prestado, algo prestado.”

Uno de los momentos más celebrados del filme es una secuencia de baile al ritmo de “Puttin’ on the Ritz”. La escena tiene un brío intoxicante. Pero luego The Bride!, con todo el atractivo de sus actores, regresa a su errática y sombría inercia. Es ese vaivén constante entre el destello y el apagón lo que mejor describe el problema estructural del filme: la película sabe encender, pero no mantener la llama.

La fotografía de Lawrence Sher y la música de Hildur Guðnadóttir aportan una identidad sonora y visual coherente, pero incluso estos elementos de calidad quedan a veces ahogados por la acumulación de tonos y registros que el guion exige sostener simultáneamente.

El mensaje político: ¿audacia o didactismo?

El núcleo ideológico de The Bride! no es sutil. La Novia se convierte en símbolo de insubordinación femenina ante un mundo que intenta modelarla según el capricho ajeno, y la película despliega ese mensaje con considerable contundencia. Lo que suma The Bride! es una especie de feminismo de película para los tiempos que corren, una ópera feminista de corte punk que se siente atrapada en algún punto entre 2017 y 2020, una historia de opresión femenina curiosamente desfasada pese a sus pretensiones de contemporaneidad.

the bride

La crítica más dura apunta a que el arte queda sepultado bajo el mensaje. En un momento en que el público está más que dispuesto a abrazar personajes femeninos complejos, la protagonista resulta unidimensional, sostenida únicamente por una cuerda de ira, dolor y más dolor. La revolución que inspira, con mujeres tatuándose los labios de negro como acto de resistencia, es visualmente poderosa pero narrativamente abstracta, más declaración de intenciones que consecuencia dramática.

En el otro lado del espectro, voces más generosas defienden que Gyllenhaal lanza los dados con libertad en una historia que experimenta rehaciendo la Novia de Frankenstein de 1935, y aunque los resultados no son siempre satisfactorios, lo que sí satisface es ver a la directora operar en este modo de “pruebo cualquier cosa una vez”, una libertad que rara vez se les concede a las mujeres detrás de la cámara.

Un reparto que merece más espacio

El elenco secundario es de lujo, aunque varios actores quedan atrapados en roles subdesarrollados. Bening se divierte notablemente, con Jeannie Berlin como su hilarante y imperturbable compañera; si volvieran a interpretar una especie de Abbott y Costello para el monstruo de Frankenstein, esa sería una secuela que valdría la pena hacer. Cruz apenas puede mantener la compostura en su papel de superdetective, pero sí luce con gracia los flequillos y cejas de Joan Crawford de la época. Jake Gyllenhaal aparece en fragmentos de películas musicales en blanco y negro que Frank idolatra, añadiendo otra capa de extrañeza a una obra ya de por sí sobrecargada.

The Bride!, Jessie Buckley, Christian Bale
Jessie Buckley y Christian Bale.

Conclusión: viva, pero a duras penas

The Bride! Tiene mucha carne y mucha sangre, pero le falta columna vertebral narrativa. Es una película que quiere decir demasiado —sobre la opresión femenina, la complicidad policial, el hedonismo de la élite, la identidad y el deseo— y termina por no decir ninguna de esas cosas con la claridad ni la profundidad que merecen. Se desvía en tantas direcciones agotadoras que acaba siendo poco más que ruido y furia.

Y sin embargo, resulta difícil odiarla del todo. Hay en ella una energía genuina, una voluntad de arriesgarlo todo que el cine de gran presupuesto raramente exhibe. The Bride! es grande y arriesgada, una explosión creativa fantástica de la que no puedes apartar la mirada. El problema es que mirar no es lo mismo que sentir y la película deja demasiado a menudo la emoción en el umbral.

Irónicamente, The Bride! es como su propia protagonista: una criatura ensamblada de piezas dispares, con las costuras a la vista, dotada de una vida que parece estar constantemente a punto de extinguirse, pero que se niega a hacerlo. Para los amantes del cine más experimental y estilizado, puede ser una experiencia fascinante por su audacia.

Calificación: 6.5/10

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