Frankenstein de Guillermo del Toro: el alma detrás del monstruo (reseña)

Guillermo del Toro ha hecho realidad uno de sus sueños más antiguos: adaptar Frankenstein de Mary Shelley. La película, que llega a Netflix el 7 de noviembre tras un estreno limitado en cines, no es un simple remake, sino una reinterpretación fiel al espíritu literario del original. Con su habitual sensibilidad por los marginados, Del Toro ofrece una obra gótica que reimagina la tragedia del monstruo y su creador para una nueva generación.

En esta versión, Oscar Isaac interpreta a Victor Frankenstein, un científico consumido por la ambición de desafiar la muerte. Su obsesión lo lleva a crear vida a partir de la muerte, dando origen a una criatura que, más que un monstruo, es un espejo del alma humana. La historia sigue siendo reconocible, pero la visión del director la transforma en algo distinto: un drama moral sobre la paternidad, la culpa y la soledad.


Del Toro y su visión gótica

Del Toro es un maestro en encontrar belleza en lo grotesco, y Frankenstein (2025) reafirma su dominio del género. La película no busca asustar, sino conmover. Más que terror, es un drama romántico y gótico que cuestiona qué significa ser humano.

La historia alterna entre dos perspectivas: primero la de Victor Frankenstein y luego la de su creación. Este formato de narración dual aporta una capa de profundidad que distingue a esta versión de adaptaciones anteriores. Al escuchar ambas voces, el espectador comprende que el verdadero monstruo no es la criatura, sino el hombre que juega a ser dios sin asumir su responsabilidad.

Del Toro explora el contraste entre la ambición y la empatía, entre el poder de crear y la incapacidad de cuidar. Su cámara observa la ciencia y la moral con la misma curiosidad. El resultado es una película introspectiva, melancólica y profundamente humana.

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El monstruo como reflejo

Uno de los aspectos más fascinantes de esta versión es la interpretación del monstruo, interpretado por Jacob Elordi. Lejos del arquetipo clásico con tornillos y rostro desfigurado, Elordi encarna a una criatura que conserva parte de la belleza humana. Su cuerpo muestra las cicatrices de su origen, pero su mirada revela vulnerabilidad y deseo de comprensión.

Algunos críticos han señalado que es el “monstruo más atractivo” en la historia del cine, lo cual puede parecer una elección arriesgada. Sin embargo, Del Toro utiliza esa apariencia para reforzar el mensaje central: lo que define la monstruosidad no es el físico, sino los actos. La criatura, pese a su aspecto, es inocente; es la sociedad la que proyecta el miedo.

Elordi transmite con maestría la mezcla de fuerza y ternura de su personaje. Su interpretación es trágica, casi infantil. Busca amor, reconocimiento y sentido, y encuentra sólo rechazo. Su sufrimiento se convierte en el corazón emocional de la película.


Oscar Isaac y un Victor desgarrado

En contraposición, Oscar Isaac ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera. Su Victor Frankenstein es brillante, pero arrogante; apasionado, pero cobarde. Al principio, su obsesión científica genera simpatía, pero pronto se convierte en repulsión. Isaac logra mostrar cómo la genialidad sin compasión se transforma en crueldad.

Del Toro presenta a Victor como un hombre que puede crear vida, pero no acompañarla. Su relación con la Criatura es la de un padre ausente, incapaz de amar lo que ha traído al mundo. Esa contradicción —entre la mente racional y el corazón ausente— se convierte en el verdadero horror del filme.

El enfrentamiento entre ambos personajes es de una intensidad casi teatral. A través de sus diálogos y silencios, la película plantea su gran pregunta: ¿es más monstruoso quien mata o quien abandona?

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Mia Goth, Christoph Waltz y un elenco sólido

El elenco secundario complementa el drama principal. Mia Goth ofrece una presencia enigmática en la primera mitad del filme, representando la compasión que Victor es incapaz de sentir. Christoph Waltz, como el mentor y financiador del experimento, añade tensión y cinismo. También destacan Charles Dance y David Bradley, aportando gravedad a los momentos más oscuros. Sin embargo, el peso emocional recae casi por completo en Isaac y Elordi, cuya química sostiene toda la película.


Una obra de arte visual

El diseño de producción es simplemente espectacular. Cada escenario —desde el laboratorio de Frankenstein hasta las heladas montañas— está cargado de atmósfera. Los decorados fueron creados por Tamara Deverell y Shane Vieau, colaboradores habituales de Del Toro, y cada detalle demuestra un amor absoluto por el cine clásico.

La fotografía combina sombras densas con luces doradas que evocan los cuadros románticos del siglo XIX. El laboratorio de Victor es un homenaje a la arquitectura gótica: tubos, mecanismos y vidrios iluminados por relámpagos que parecen respirar. La textura visual es tan tangible que cada plano podría ser una pintura.

Los efectos prácticos también son una joya. En lugar de depender del CGI, Del Toro recurre a animatrónicos, prótesis y utilería real. La sangre, el sudor y la piel cosida se sienten orgánicos. Este enfoque clásico da peso y credibilidad al horror corporal, recordando al espectador que lo que ve fue realmente construido, no generado por computadora.

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Música y atmósfera

La partitura de Alexander Desplat aporta una elegancia melancólica. Las cuerdas acompañan los momentos de descubrimiento y pérdida con delicadeza. Lejos de buscar grandes crescendos, Desplat compone una música que abraza el dolor de los personajes. En las escenas más íntimas, su trabajo roza lo sublime.

Combinada con la dirección visual, la música convierte la película en una experiencia sensorial. Cada nota parece salir del alma atormentada del monstruo. En conjunto, logran un tono que se mueve entre la tragedia, la redención y la belleza.


Más drama que horror

Aunque la película contiene secuencias inquietantes y elementos grotescos, no se trata de un filme de terror tradicional. Frankenstein (2025) es más bien un drama trágico y filosófico. Del Toro no busca sobresaltar, sino reflexionar. El miedo proviene de las emociones humanas: la soledad, el rechazo, la creación sin amor.

Por eso, quienes busquen una experiencia de horror convencional podrían sorprenderse. En cambio, quienes aprecian el cine que explora la condición humana hallarán una de las obras más maduras del director.


Un final esperanzador

El desenlace, sin revelar detalles, ofrece una nota de redención que ha dividido a la crítica. Algunos lo consideran “demasiado dulce” para una historia de horror. Sin embargo, en el universo de Del Toro, el amor y la compasión siempre han sido la respuesta frente al miedo. Frankenstein no rompe con esa filosofía: incluso en la tragedia, deja espacio para la humanidad.

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Conclusión: la versión definitiva de Del Toro

Frankenstein (2025) no pretende ser la versión definitiva del clásico de Shelley, sino la versión de Guillermo del Toro. Su visión se une a las grandes adaptaciones, desde la de James Whale con Boris Karloff hasta la de Kenneth Branagh, pero con una identidad única. Es una película que habla más de los vivos que de los muertos.

Del Toro crea un relato de horror y ternura, de ciencia y fe, de creación y abandono. Su Frankenstein no da miedo: duele, conmueve y maravilla. Es una historia sobre padres e hijos, sobre el poder y la culpa, sobre lo que perdemos cuando dejamos de vernos como humanos.

Visualmente impresionante, emocionalmente devastadora y narrativamente ambiciosa, esta película reafirma que los monstruos de Del Toro no son amenazas, sino espejos. En ese reflejo, todos tenemos algo de Victor… y algo de su criatura.

Calificación: 4 de 5.

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