Cuando The Super Mario Bros. Movie recaudó más de mil millones de dólares en 2023, quedó claro que Nintendo e Illumination habían encontrado una fórmula ganadora. La pregunta era inevitable: ¿qué sigue? La respuesta llega en forma de una secuela que apunta literalmente a las estrellas, abandonando los caminos conocidos del Reino Champiñón para lanzarse a la inmensidad del cosmos. The Super Mario Galaxy Movie es, en muchos sentidos, exactamente lo que promete: una aventura más grande, más ambiciosa y más espectacular. El problema es que, en ese salto hacia lo galáctico, algo importante se quedó flotando en el vacío.
Un universo que se expande… quizás demasiado
La historia arranca con Bowser Jr. (Benny Safdie) capturando a Rosalina (Brie Larson), lo que desencadena una reacción en cadena: Mario (Chris Pratt) y Luigi (Charlie Day) se lanzan al espacio en busca de la Princesa Peach (Anya Taylor-Joy), quien a su vez ha partido a rescatar a la guardiana de las estrellas. Es una premisa que funciona sobre el papel, pero que en la práctica se convierte en una serie de subtramas que compiten constantemente entre sí por la atención del espectador. Donde la primera película tenía la elegancia de una trama de origen clara y enfocada, esta secuela abraza el caos con una energía que resulta tan emocionante como agotadora.
El mayor acierto narrativo, sorprendentemente, recae sobre la Princesa Peach. Esta entrega le dedica una energía considerable a explorar su historia, sus orígenes y su identidad, convirtiéndola en la verdadera protagonista emocional del filme. Es un giro refrescante que le da a un personaje históricamente subestimado el peso que merece. Lamentablemente, ese enfoque viene a costa de Mario y Luigi, quienes esta vez sienten como figuras reactivas más que como héroes con un arco propio definido. El fontanero más famoso del mundo termina siendo, paradójicamente, el personaje menos interesante de su propia secuela.
Caras nuevas que brillan… y algunas que merecían más luz

El elenco de nuevas incorporaciones es uno de los grandes atractivos de la película. Brie Larson presta su voz a Rosalina, y el resultado es notable: captura con precisión la serenidad melancólica y la majestuosidad del personaje que los fanáticos conocen de los videojuegos. Su debut cinematográfico hace justicia al personaje y abre la puerta a una presencia más protagónica en futuras entregas.
Pero la inclusión que más ruido ha generado —para bien y para mal— es la de Fox McCloud, el piloto de StarFox interpretado por Glenn Powell. Su aparición, lamentablemente filtrada antes del estreno, arruinó lo que habría sido uno de los momentos más electrizantes de la temporada cinematográfica. Dicho eso, Powell ofrece una actuación enérgica y carismática, y su secuencia de presentación es de lo más divertido que ofrece la película. Es un guiño al universo de Nintendo que funciona mejor de lo que muchos esperaban, aunque la sorpresa ya no estuviera intacta.
Hay otra relación que la película introduce con una profundidad inesperada: la de Bowser y Bowser Jr. El rey Koopa, algo más moderado tras los eventos de la primera cinta, debe ahora lidiar con un hijo que fue criado bajo una filosofía de pura maldad. La tensión entre el instinto paternal de Bowser y las ambiciones destructoras de su heredero es uno de los filones más ricos que la película roza… pero nunca llega a explotar del todo. Es una de las oportunidades perdidas más frustrantes de un guion que parece tenerle miedo a la quietud emocional.
Illumination en su máximo esplendor técnico

Si hay algo que nadie puede discutirle a esta película, es su calidad visual. Illumination lleva su animación a un nuevo nivel con Galaxy, construyendo mundos cósmicos de una belleza genuinamente mágica. Los colores son vibrantes, los diseños creativos y la cinematografía de las batallas espaciales —especialmente un épico enfrentamiento con naves estelares— es emocionante de una manera que pocas películas animadas logran. Para los espectadores más jóvenes, bien podría ser su primera gran batalla espacial en pantalla grande. Ese mérito no es menor.
La banda sonora de Brian Tyler es otro pilar inamovible. Tyler, que ya demostró su talento en la primera entrega, regresa con una partitura que equilibra composiciones originales con adaptaciones magistrales de temas clásicos de toda la historia de Nintendo. Hay momentos en que la música tiene una progresión emocional más clara que la propia trama, lo cual dice mucho sobre el trabajo del compositor… y también sobre las limitaciones del guion.
Mención especial merece una escena protagonizada por Peach y Toad en un casino que, visualmente, rinde un homenaje estilizado a las secuelas de The Matrix. Es el tipo de libertad creativa inesperada que convierte a esta película en algo más que un producto de franquicia.
El síndrome de la secuela
The Super Mario Galaxy Movie sufre de lo que podríamos llamar “secuelitis aguda”. En su afán por ser más grande, más referencial y más sorprendente que su predecesora, la película acumula tantos elementos que ninguno termina de respirar. Los Easter eggs son abundantes —hay guiños a Super Mario Bros. 2, a la mítica película de 1993 y animaciones en 8 bits que arrancarán aplausos a los más nostálgicos— pero tanta referencia acaba por diluir el corazón de la historia. Incluso el romance entre Mario y Peach, que en la primera entrega tenía una ternura implícita, parece haber retrocedido hacia una ambigüedad que confunde más que intriga.
La película quiere ser, al mismo tiempo, una historia de origen de Rosalina, una aventura cósmica de los hermanos Mario, una exploración del pasado de Peach, una comedia de padre e hijo sobre Bowser y un gran despliegue del universo Nintendo. Ninguna de esas metas es descabellada por separado. Juntas, sin embargo, no hacen mucho sentido.
Veredicto
The Super Mario Galaxy Movie es exactamente el tipo de secuela que garantiza que la franquicia seguirá viva en el cine por muchos años. Es espectacular, entretenida y visualmente impresionante. Los niños quedarán maravillados, y los fans adultos disfrutarán cada referencia oculta. Pero quienes esperaban la misma accesibilidad emocional de la primera entrega podrían salir de la sala con una leve sensación de insatisfacción, como si hubieran comido mucho de algo muy colorido y no del todo nutritivo.
Es un triunfo del estilo sobre la sustancia. Y eso, a veces, es suficiente para pasar un buen rato bajo las estrellas.