Hay ciertos personajes del cine que no envejecen porque nunca fueron realmente humanos: son arquetipos, fuerzas de la naturaleza, fenómenos que trascienden su época y su medio. Miranda Priestly es uno de ellos. Desde que Meryl Streep pronunciara aquella lección magistral sobre el azul cerúleo en 2006, la editora de Runway se convirtió en sinónimo de exigencia absoluta, de poder sin disculpas y de una elegancia que corta como bisturí. Dos décadas después, 20th Century Studios nos devuelve a ese universo con The Devil Wears Prada 2, una secuela que, contra todo pronóstico y contra todos los peligros que acechan a las continuaciones tardías, se atreve a hacer algo verdaderamente difícil: evolucionar.
Bajo la dirección de David Frankel —quien regresa tras la original— y con el guion de Aline Brosh McKenna, esta segunda entrega reúne al elenco completo en una historia que se siente tan familiar como un par de tacones de aguja bien usados, pero tan afilada como una crítica de moda de Runway. No estamos ante una película que vive de los recuerdos. Estamos ante una película que los usa como punto de partida para decir algo urgente sobre el presente. Aquí está su tráiler.
Una Patada de Realidad Como Escena de Apertura
Si la primera película comenzaba con la seducción del mundo de la moda —ese montaje deslumbrante de ropa cara y ritmo frenético que hacía desear ser parte de todo aquello—, la secuela abre con una bofetada. Andrea “Andy” Sachs (Anne Hathaway) está en una entrega de premios, lista para subir al escenario a recibir reconocimiento por su trabajo periodístico en The Vanguard. Segundos antes de su discurso, descubre que ella y todo su equipo han sido despedidos mediante un mensaje de texto masivo.
Es una escena cruel, brutal en su precisión y, lamentablemente, completamente creíble para cualquiera que trabaje en medios hoy. Con ese solo golpe narrativo, Brosh McKenna establece el tono de toda la película: ya no estamos en la fantasía de 2006, donde el mayor problema era sobrevivir a tu jefa. Ahora el enemigo es más abstracto, más difuso y mucho más difícil de mirar a los ojos.
En Runway, mientras tanto, la situación no es mejor. La revista ha virado hacia lo digital, sacrificando criterio editorial por viralidad, y enfrenta un escándalo de relaciones públicas tras publicar un elogioso perfil de una marca que resultó ser una fábrica de explotación laboral. Irv Ravitz (Tibor Feldman) decide reclutar a Andy para dirigir el departamento de reportajes especiales y rehabilitar la imagen de la publicación. Este es el dispositivo que permite, veinte años después, que Miranda y Andy vuelvan a orbitar la una alrededor de la otra, aunque en una dinámica de poder radicalmente diferente.
Miranda Priestly: El Poder Bajo Asedio

Meryl Streep retoma su papel con una maestría que parece no conocer la noción de óxido. Cada gesto, cada pausa, cada mirada oblicua cargada de juicio está perfectamente calibrada. Sin embargo, la Miranda de 2026 es una mujer en una posición inusual para ella: la defensiva. El mundo que construyó ya no la respeta de la misma manera, y la amenaza no viene de una asistente ambiciosa, sino del hijo de Irv, un “tech bro” interpretado por un brillante B.J. Novak, empeñado en convertir Runway en otro producto más del ecosistema de contenido digital masificado.
El punto más debatido de la secuela es la humanización de Miranda. Conocemos a su esposo, Stuart, un sorpresivo Kenneth Branagh en el rol de violinista que revela un lado más vulnerable de la editora. Sus nuevos asistentes, interpretados por Simone Ashley y Caleb Hearon, ya no habitan el terror absoluto que definía a Emily en la primera entrega. Algunos críticos han argumentado que esta “bondad” diluye la esencia del personaje.
Sin embargo, Streep hace algo más sofisticado que simplemente ablandar a Miranda: la reposiciona. La mujer que antes era el diablo ahora comparte diagnóstico con sus víctimas. Ambas, Miranda y Andy, están siendo devoradas por la misma máquina. Y esa dinámica compartida genera momentos de una tensión emocional que la primera película, más desenfadada en su fondo, no podía permitirse. El verdadero demonio de 2026, sugiere la película con elegante contundencia, no tiene nombre ni apellido: se llama algoritmo.
El Elenco: Viejos Aliados y Nuevas Incorporaciones
Emily Blunt regresa como Emily Charlton, ahora ejecutiva en Dior, y cada escena que protagoniza es oxígeno puro. Su sentido de la comedia está intacto, y aunque su papel es comparativamente menor, Blunt confirma que no hay rol demasiado pequeño cuando lo interpretas con esa clase de precisión. Stanley Tucci vuelve como Nigel, descrito con razón por muchos como el corazón emocional de la película. Es una presencia reconfortante, aunque la trama peca de ignorar su vida personal, lo que deja su arco narrativo sintiéndose incompleto.
Las incorporaciones generacionales funcionan mejor de lo esperado. Simone Ashley como Amari Mari, la nueva asistente número uno de Miranda, aporta una eficiencia y un estilo que la convierten en una continuación natural del arquetipo que Emily Charlton representó en su día. Y luego está Lady Gaga, en una participación durante un evento de moda en Milán. Su presencia es exactamente lo que esa escena necesita: impacto puro, sin explicación.
Alta Costura Como Metáfora Social
Donde la película verdaderamente brilla es en su honestidad sobre el estado de las industrias creativas. The Devil Wears Prada 2 no se limita a decorar su crítica con ropa cara: la integra en cada capa del conflicto. La amenaza de la inteligencia artificial sobre los trabajos creativos, la inestabilidad laboral como nueva normalidad, la tiranía del clic por encima de la visión artística. El guion de Brosh McKenna es un recordatorio sostenido de que hay personas —dentro y fuera del cine— que insisten en defender el arte y la verdad aunque el mercado no las acompañe.
Visualmente, la película cumple con el estándar del universo que representa. Molly Rogers, conocida por su trabajo en Sex and the City, asume el vestuario con resultados notables: los personajes lucen como si el tiempo los hubiera tratado con la misma consideración que a una pieza de archivo de Chanel. Las locaciones en Nueva York y Milán son espectaculares, y escenas como la de la cafetería corporativa con vistas al Rockefeller Center o la tienda insignia de Dior en la calle 57 tienen una textura visual que deleita. Hay, sin embargo, algunas decisiones de cámara cuestionables —acercamientos bruscos, iluminación que conspira contra el vestuario en momentos clave— que distraen sin necesidad.

¿Mejor que la original? Una Pregunta Sin Respuesta Simple
El conflicto ya no es una joven asistente tratando de sobrevivir en el mundo de la moda. Ahora son dos mujeres maduras, con cicatrices y con trayectoria, intentando salvar algo que vale la pena salvar en un mundo que prefiere el contenido efímero a la excelencia. Ese cambio de escala le da a la película un peso que la original no necesitaba tener, y que esta sí sabe cargar.
Veredicto
The Devil Wears Prada 2 no es la fantasía brillante y punzante que fue su predecesora. Es algo más incómodo, más honesto y, a la larga, más necesario. Carece de un momento tan definitorio como el discurso del azul cerúleo, pero lo compensa con una profundidad temática que invita a la reflexión mucho después de que los créditos terminen. Es un “pep talk” cinematográfico para todos los que trabajan en industrias creativas y sienten que el piso se mueve bajo sus pies. Les comparto esa escena de la primera película.
Meryl Streep sigue siendo inalcanzable. Hathaway demuestra una madurez actoral que la primera película apenas insinuaba. Y juntas, como equipo y como metáfora, nos recuerdan que el talento —el verdadero, el que no se deja doblegar por métricas ni algoritmos— nunca pasa de moda.
En 2026, el diablo sigue vistiendo de Prada. Solo que ahora también tiene que preocuparse por las métricas de Instagram y el costo de volar en clase turista.
8.5 / 10