The Dog Stars: la fe en la humanidad choca contra el caos del apocalipsis

En una era cinematográfica saturada de narrativas sobre el fin del mundo, una nueva historia sobre un virus letal corre el riesgo de resultar redundante. Tras una pandemia real, películas como Contagion ya no se sienten como advertencias lejanas, sino como ecos de una realidad conocida. En este panorama llega The Dog Stars (cuyo estreno es el 28 de agosto), la última propuesta del legendario director Ridley Scott. Adaptada por Mark L. Smith a partir de la novela homónima de Peter Heller de 2012, la película intenta distanciarse de la desesperación habitual del género para ofrecer una inusual lección de optimismo y fe en la humanidad. Sin embargo, pese a sus impresionantes valores de producción y sólidas interpretaciones, el resultado final es una obra fracturada por una severa disonancia tonal.

Un refugio íntimo en Colorado: la pugna entre el optimismo y el cinismo

A diferencia de las colosales epopeyas históricas o de ciencia ficción a las que Scott nos tiene acostumbrados, The Dog Stars se sitúa en una escala más reducida e íntima, localizada en Colorado. La trama presenta a Hig, interpretado por un convincente Jacob Elordi, un exmecánico reconvertido en piloto amateur que sobrevive a una devastadora epidemia de gripe que ha exterminado a casi toda la población mundial. Hig pasa sus días realizando vuelos de suministro en su Cessna, ayudando entre otros a una comunidad menonita liderada por un autoritario pero bondadoso Benedict Wong, cuyo personaje cuenta con tan poco tiempo en pantalla que su trama resulta casi olvidada en el montaje final.

El único lazo afectivo que mantiene a Hig conectado con el mundo de antes —una época feliz previa a que la plaga se cobrara la vida de su esposa hace ocho años— es su fiel perro Jasper, a quien crió desde cachorro. El perro no es solo un acompañante; es el motor emocional de una de las tramas secundarias más conmovedoras del filme, donde Hig deberá afrontar el doloroso proceso de aprender a seguir adelante cuando ese último vínculo se rompe.

Hig comparte su base en un aeropuerto abandonado con Bangley, interpretado por un magnífico y gruñón Josh Brolin, un curtido ex-Marine que es el polo opuesto de Hig: un superviviente nato que prospera en el caos del apocalipsis. Mientras Hig se aferra a la esperanza de encontrar un paraíso civilizado en Grand Junction, Bangley observa el mundo con absoluto cinismo y elimina sin piedad a los intrusos a los que califica de “cucarachas”. Scott maneja con inteligencia esta dualidad, sin condenar ninguna de las dos posturas: la ingenuidad de Hig puede ser tan letal como el aislamiento cínico de Bangley, siendo este último el que a menudo los mantiene con vida.

Nuevos encuentros y el valor del elenco

La rutina de supervivencia cambia radicalmente cuando Hig aterriza de forma forzosa en el refugio oculto de Cima (Margaret Qualley), una antigua paramédica de gran carácter, y su protector padre Pops, interpretado por un irreconocible Guy Pearce. A partir de ahí se desarrolla un romance pausado y orgánico entre Hig y Cima; Elordi y Qualley demuestran una química excelente. Sin embargo, el guion flaquea en el tercer acto al acelerar de manera abrupta este vínculo, dejando la sensación de que faltaron escenas para que la relación se sintiera plenamente ganada.

A pesar de las flaquezas del texto, las actuaciones son el gran pilar del largometraje. Elordi, quien asumió el papel protagonista en sustitución de Paul Mescal por problemas de agenda, sorprende con una interpretación contenida y vulnerable, apoyándose en su expresividad física más que en el diálogo. Qualley ofrece una interpretación madura, alejada del típico rol hipersexualizado, como una mujer real e inteligente que intenta mantener su humanidad. Pero el verdadero robaescenas es Brolin: su carismático retrato de Bangley, entre la intensidad física y un humor seco y contagioso, dota de una inmensa energía a cada escena.

La catástrofe tonal: de la contemplación lírica a la acción histriónica

El principal inconveniente de The Dog Stars es su incapacidad para decidir qué tipo de película quiere ser. En su primer tercio adopta un tono contemplativo e introspectivo que evoca obras como Into the Wild o Z for Zachariah. Apoyado por la fotografía de Erik Messerschmidt, que captura de forma sublime la inmensidad de los paisajes de Colorado frente al abandono urbano, el espectador se sumerge en una reflexión sobre la soledad y la resiliencia.

Esa atmósfera se quiebra de golpe en la segunda mitad. Scott introduce secuencias de acción desenfrenada que parecen extraídas de un videojuego como Fallout o de la saga Mad Max, con bandas de carroñeros representados de manera feral y caricaturesca. En una secuencia liderada por Brolin, la violencia gráfica escala absurdamente, con cabezas cercenadas por hélices de aviones y explosiones masivas. Aunque técnicamente impecables, estas escenas carecen de peso narrativo y rompen la atmósfera íntima previamente construida.

Esta desconexión alcanza su punto más desconcertante con la aparición de la oscarizada Allison Janney, líder de otra facción de supervivientes vestida con un uniforme retro de azafata. Descrita por varios críticos como un segmento lynchiano o reminiscente de la estética de BioShock, la secuencia se siente ajena al resto del filme, y en cuanto termina la narrativa regresa a su curso habitual, dejando extrañeza y confusión.

Un guion descuidado y un montaje inconcluso

A nivel técnico, Scott utiliza su habitual método de rodaje con múltiples cámaras (entre 8 y 11 simultáneas), lo que permite a los actores improvisar y dota a sus interacciones de frescura. Desafortunadamente, esa espontaneidad choca con un guion perezoso, que abusa del lenguaje vulgar y los insultos constantes como relleno más que como sustancia; de hecho, los diálogos limpios de los avances promocionales resultaban más efectivos que la versión final. La banda sonora de Harry Gregson-Williams se limita a acompañar los sucesos de manera convencional y predecible, sin un solo tema memorable.

Conclusión

Con una duración que roza las dos horas, The Dog Stars peca de reiterativa y se habría beneficiado de un recorte de al menos treinta minutos en la sala de edición. Su inconsistencia al equilibrar el drama humano con la acción caricaturesca le impide consolidarse como un clásico del género. Con todo, sigue siendo un viaje visualmente espectacular y entretenido, sostenido por la vitalidad de Scott tras las cámaras y el carisma de su elenco.

Es probable que, como ya es costumbre en la filmografía de Scott, un futuro “Director’s Cut” rescate la verdadera esencia de la historia, otorgando más desarrollo al romance de Hig y Cima y puliendo las asperezas de una narrativa hoy inconclusa. Por lo pronto, queda como una digna pero imperfecta propuesta de ciencia ficción con notas de esperanza, merecedora de un 6.5/10: disfrutable en pantalla grande, aunque difícil de retener en la memoria a largo plazo.

Leave a Reply