“Onslaught” (2026), lo nuevo de Adam Wingard, representa un regreso altamente estilizado a sus raíces de cine independiente. Tras dirigir entregas del MonsterVerse de Hollywood, el cineasta vuelve a los thrillers ágiles y viscerales que definieron su carrera temprana. Junto a su habitual colaborador de guion, Simon Barrett, entrega un slasher de 92 minutos que funciona como secuela espiritual y encubierta de su clásico de culto de 2014, “The Guest”.
La cinta está diseñada para parecer una VHS ochentera perdida, combinando elementos old-school con un pulido estético contemporáneo. Bajo su violencia acelerada, sin embargo, opera como un thriller paranoico que explota una profunda desconfianza hacia las instituciones gubernamentales: una película B muy pulida y polarizante que exhibe tanto la maestría técnica de Wingard como los límites del pastiche nostálgico.
Compartimos su tráiler.
El crisol del desierto y el terror desatado
La narrativa de “Onslaught” transcurre en los páramos de Moriarty, Nuevo México, el pueblo desértico que ya vimos en “The Guest”. Nuestra guía es Celeste (Adria Arjona), una francotiradora veterana curtida por la guerra que administra el parque de casas rodantes Windy Oasis. Celeste es madre soltera, lidia con estrés postraumático de combate, un matrimonio fracturado y una hija pequeña, Daisy (Blake Kennedy). Su tranquilidad se rompe cuando su exesposo le deja a Daisy sin previo aviso, un momento de pésimo timing porque una instalación secreta de investigación gubernamental cercana acaba de perder el control de sus experimentos.
Sin que los residentes locales lo sepan, ese laboratorio ha estado realizando experimentos genéticos para crear una raza imparable de supersoldados zombificados. Liderado por un coloso mudo conocido como “El Carnicero” (Alex Pereira), un trío de estos asesinos de élite escapa durante una demostración que sale mal, supervisada por Baylor (Michael Biehn), turbio operativo gubernamental. Programados para matar, dejan un rastro de sangre por el desierto rumbo al parque de casas rodantes, obligando a Celeste a recuperar sus instintos de veterana para sobrevivir junto a Daisy una noche desesperada y claustrofóbica frente a una fuerza aparentemente invencible.

Una galería ecléctica de héroes y monstruos fascistas
Lo que eleva la película es su galería de personajes secundarios, tan extraña como ecléctica. Adria Arjona entrega una actuación fenomenal como Celeste, equilibrando un exterior curtido y agotado con una ferocidad materna intensa. Arjona brilla como heroína de acción, invitando comparaciones con Sarah Connor y una versión femenina de Snake Plissken. La acompaña un equipo de aliados del parque de casas rodantes, sobre todo Reginald VelJohnson como Josiah, un veterano de Vietnam desaliñado y fumador empedernido. Wingard capitaliza la nostalgia que despierta VelJohnson, convirtiéndolo en un tipo rudo armado con escopeta que suelta frases lapidarias. El comediante Eric Wareheim también hace una aparición entretenida como Kovacks, un policía cobarde e inepto del parque de casas rodantes cuyo ritmo nervioso corta la tensión en las secuencias más álgidas de la película.
Del lado contrario hay un elenco de villanos fascistas y manejadores militares. Dan Stevens entrega una actuación campy como el Dr. Hans Kemmler, científico nazi calvo y de piel pálida que encabeza el proyecto de supersoldados bajo el mando de su esposa, la gélida Fra Kemmler (Rebecca Hall). Junto a ellos, Drew Starkey compone a Cyrus, un resbaladizo intermediario gubernamental sacado de una fiesta temática S&M, que intenta monitorear el baño de sangre drogado con MDMA. Starkey camina una línea tonal delicada, ofreciendo alivio cómico como un personaje tan superado por la situación como escalofriantemente frío.
Artesanía técnica y homenaje estético
Desde el punto de vista técnico, “Onslaught” es una experiencia visual y auditiva bellamente construida, prueba de que Wingard puede trasladar su pulido de alto presupuesto a un espacio independiente. Filmada por el director de fotografía Oren Soffer, la película usa la luz natural, el enfoque profundo y los zooms exagerados con steadicam para anclarse en sus inspiraciones ochenteras, con set-pieces como una masacre en una gasolinera filmada desde el punto de vista de un arma y una persecución claustrofóbica con Daisy debajo de las casas rodantes.
Este virtuosismo visual va acompañado de la partitura de sintetizadores de Matthew Pusti, que evoca “Escape from New York” y “Prince of Darkness” de John Carpenter para envolver la película en un manto de terror. La preferencia de Wingard por los efectos prácticos refuerza esta atmósfera, bañando la pantalla en sangre falsa de un rojo brillante que recuerda a “Kill Bill” de Quentin Tarantino. Wingard mantiene la acción anclada en un crujido tangible y satisfactorio que honra su linaje de acción ochentera.
El búmeran imperial y la fricción temática
Aunque “Onslaught” ofrece abundantes emociones de grindhouse, es el subtexto temático subyacente lo que le da a la película su filo más agudo. Los créditos iniciales establecen sus ambiciones políticas, mostrando un montaje de violencia militar y golpes de estado globales sobre efectos glitcheados y música tecno agresiva. Esta secuencia enmarca la película bajo la teoría del “búmeran imperial” de Aimé Césaire: las tácticas brutales que un gobierno inflige en el extranjero eventualmente regresan contra su propia población doméstica. Al mostrar a supersoldados masacrando civiles, la película sugiere que la amenaza proviene de nuestro propio gobierno.
Sin embargo, la película también sufre de fricción temática. Aunque hace un gesto hacia una postura antimilitarista, la cinta permanece anclada en la creencia ochentera de que las armas son geniales y que un solo soldado fuertemente armado es el único camino hacia la seguridad. Su comentario social pasa a segundo plano ante las emociones pulp, resultando en un mensaje ruidoso pero políticamente confuso.
Veredicto final
“Onslaught” confirma que Wingard sigue siendo uno de los directores más hábiles del cine de género contemporáneo, capaz de fusionar la artesanía visual de estudio con la irreverencia de su etapa independiente. Celebra sin vergüenza sus influencias ochenteras mientras intenta, con resultados desiguales, decir algo sobre la violencia institucional. Entre las actuaciones de Arjona, VelJohnson y Stevens, “Onslaught” queda como un B-movie gozoso, aunque su ambición política termine algo diluida por su propio amor al espectáculo.
Calificación: 7.5 de 10