Después de ocho años sin dirigir, David Robert Mitchell —el cineasta que nos heló la sangre con It Follows (2014) y que después pagó caro el fracaso comercial de la lynchiana Under the Silver Lake (2018)— vuelve a la carga con The End of Oak Street, un experimento tan disparatado como efectivo: supervivencia con dinosaurios en clave de drama suburbano. Con el respaldo de J.J. Abrams en la producción y un elenco encabezado por Anne Hathaway y Ewan McGregor, la película se mueve sin pudor entre el cine de monstruos, la sátira doméstica y la nostalgia ochentera. Aquí su tráiler.
Flowervale, 1982: el Spielberg que Mitchell no esconde
La acción transcurre en 1982, y Mitchell no disimula sus referencias: las persigue, las abraza, las convierte en declaración de intenciones. Las calles sin salida bordeadas de casas de ladrillo, los haces de luz blanca cortando la oscuridad, las cortinas agitadas por un viento que no debería estar ahí —puro Close Encounters of the Third Kind— son la fachada analógica de un homenaje directo a E.T., Poltergeist y Gremlins. Pero bajo esa superficie nostálgica del vecindario ficticio de Flowervale hay grietas mucho más profundas, y son esas grietas las que terminan por resquebrajarse cuando las bestias llegan.
Un matrimonio al borde del abismo (literal)
En el centro de la historia están los Platt. Denise (Hathaway) y Greg (McGregor) sostienen un matrimonio que ya solo funciona por inercia. Él, humillado tras perder su trabajo, reparte pizzas a escondidas en un auto viejo para que nadie lo reconozca. Ella escribe en secreto una novela sobre su propia infelicidad familiar, mientras planea el momento de irse. Sus hijos, Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery), son testigos silenciosos de esa hostilidad contenida. Es justo en ese punto de quiebre doméstico cuando lo extraordinario decide entrometerse.
Primero son señales menores: destellos extraños en el cielo, ruidos que no encajan, el perro de la familia comportándose de forma errática, una planta prehistórica —extinta hace millones de años— brotando de la nada en el jardín de una vecina. Después llega el estruendo que lo cambia todo: el final de Oak Street ha dejado de conectar con el resto del pueblo. En su lugar, una densa selva del Cretácico. Un fragmento de suburbio de casi dos millas de diámetro ha sido arrancado de la civilización y trasplantado a otra era geológica a través de un agujero de gusano.
Correr, esconderse, disparar (y de paso, discutir el divorcio)
A partir de ahí, la película no suelta el acelerador. La lógica de supervivencia se reduce a lo esencial —correr, esconderse, disparar—, pero Mitchell logra distinguirse del típico filme de desastres por dos decisiones inteligentes.
La primera es el diseño de los dinosaurios, que se aleja deliberadamente del imaginario de Jurassic Park en favor de un enfoque más fiel a la paleontología reciente: plumas, pelaje y una apariencia menos “monstruo de juguete” y más criatura real. Raptores emplumados y veloces, estegosaurios moviéndose entre los árboles, un T-Rex imponente, un Spinosaurus y un reptil colosal deslizándose dentro de una casa suburbana componen un bestiario que genera terror genuino sin perder credibilidad científica.
La segunda, y la más audaz, es el uso casi satírico de la amenaza jurásica como metáfora del desastre matrimonial de los Platt. Hay una escena que resume la película entera: mientras los dinosaurios acechan afuera con toda la violencia que permite una clasificación PG-13, Denise y Greg aprovechan ese instante de pánico absoluto para gritarse mentiras y secretos acumulados durante años. El guion propone, con humor negro, la terapia de pareja más extrema imaginable: nada reconcilia tanto a un matrimonio en decadencia como un Allosaurus hambriento tratando de tumbar la puerta de la cocina.
Una puesta en escena que sabe lo que hace
El apartado técnico es, quizás, lo más sólido de la propuesta. El director de fotografía Mike Gioulakis recurre de manera constante a lentes de dioptría dividida (split diopter), una técnica que mantiene dos planos focales nítidos dentro del mismo encuadre —un rostro en primer plano y un detalle revelador al fondo—, con esa línea divisoria sutil que delata el truco. Mitchell la usa sobre todo en los momentos en que sus personajes ocultan algo, reforzando visualmente el tema de los secretos familiares.
El montaje también trabaja a favor del suspenso: los planos aparentemente inocentes de los árboles de Flowervale en el primer acto adquieren un significado siniestro en la segunda mitad, cuando esos mismos bordes de pantalla empiezan a esconder garras al acecho. El diseño sonoro remata la jugada —tras el impacto de la anomalía, los oídos taponados de los personajes sumergen al espectador en una experiencia auditiva casi submarina— y la partitura de Michael Giacchino, a medio camino entre lo lúdico y lo siniestro, redondea un conjunto que se siente muy por encima del típico estreno de verano desechable.
Hathaway carga la película sobre sus hombros
Anne Hathaway es, sin discusión, el centro interpretativo del filme. Su Denise es una madre que se desmorona por dentro mientras se sostiene por fuera, protectora hasta el límite, atravesada por el miedo y la determinación de mantener con vida a su familia. Es una actuación que le da a la historia una honestidad emocional que el guion, por momentos, no se gana del todo por sí solo. Ewan McGregor, por su parte, construye con eficacia a un esposo asustado y paralizado, que elige la inacción cuando el peligro exige lo contrario —un contraste que funciona bien frente a la fuerza de Hathaway.
Veredicto: un futuro clásico de culto
The End of Oak Street tiene efectos especiales irregulares y más de un bache lógico en el guion, pero triunfa por pura audacia y capacidad de asombro. Mitchell evita perder tiempo en justificaciones científicas y entrega, en cambio, un relato de supervivencia crudo, visceral, con esa honestidad de cine clase B que cada vez escasea más en el Hollywood contemporáneo. Es el tipo de blockbuster veraniego que no exige apagar el cerebro para disfrutarse, y que se agradece —y se disfruta más— en una sala llena.