El estreno de esta nueva entrega de Resident Evil no es un evento cinematográfico cualquiera. Se trata del segundo reboot de la franquicia y la octava película de una saga que ha navegado aguas turbulentas durante décadas, cargando con el peso de adaptaciones que rara vez capturaron la esencia del videojuego que las originó. Lo fascinante de esta versión es su ambición: aleja el proyecto de la acción genérica y abraza un tono de survival horror puro. Buena parte de esa revitalización recae en Zach Cregger, quien tras el impacto de Barbarian y la sofisticación de Weapons asume el mando con la intención de fundar una nueva continuidad, logrando un equilibrio precario pero efectivo entre el horror y un humor situacional que oxigena la trama.
Sinopsis: una entrega rutinaria en el infierno
La premisa presenta a Bryan, interpretado por un Austin Abrams que se aleja de su registro habitual para cargar con el peso emocional de la película. Es un mensajero médico cuya jornada se extiende peligrosamente cuando acepta un último encargo nocturno a cambio de un pago doble: entregar un maletín con muestras biológicas en una zona montañosa y nevada de difícil acceso.
La hostilidad se instala desde los primeros minutos. En una noche invernal implacable, con carreteras bloqueadas por el hielo y un equipo notoriamente insuficiente —Bryan ni siquiera lleva cadenas o calzado adecuado—, el aislamiento se convierte en el primer antagonista del filme. Tras perder la señal mientras hablaba con su novia Michelle, el caos estalla: una mujer ensangrentada emerge del bosque y choca contra su auto, destruyéndolo y dejándolo incomunicado, lo que lo lanza a una odisea de supervivencia en una Raccoon City devastada. Aquí Cregger recurre a un truco narrativo inteligente: Bryan piensa en voz alta buena parte del tiempo, lógico siendo el único humano funcional en pantalla, rodeado de monstruos que perdieron todo rastro de lenguaje.
Compartimos el tráiler.
Bryan: el protagonista “everyman” definitivo
El guion, firmado por Cregger junto a Shay Hatten, acierta al construir a Bryan como el antihéroe perfecto. Lejos del marine hipermusculado de entregas pasadas, es un civil aterrorizado cuyo arco imita la progresión de un jugador que va dominando, poco a poco, las mecánicas de un título de terror. Su personalidad se sostiene sobre tres arquetipos: la resiliencia de un John McClane que sangra y se ensucia sin perder pie; la incredulidad de un Marty McFly que no deja de preguntarse cómo terminó envuelto en algo que supera su capacidad; y el ingenio de un Kevin McCallister, que ante la escasez de armas aprende sobre la marcha a usar su maletín y el entorno como armas de circunstancia.
Lo más loable del personaje es que nunca deja de sentirse humano: lo que al inicio es pánico puro se transforma, noventa minutos después, en una resolución desesperada por sobrevivir.

La maestría del terror y la estética de Dariusz Wolski
Los primeros 35 o 40 minutos representan, sin exagerar, el cine de terror más sofisticado del año. Cregger demuestra un dominio absoluto de la tensión mediante planos largos que obligan al espectador a escudriñar los fondos desenfocados y las esquinas en penumbra. La colaboración con el cinematógrafo Dariusz Wolski, conocido por su trabajo junto a Ridley Scott, eleva lo que pudo haber sido una cinta de serie B a un estatus visual mucho más prestigioso: su Raccoon City es sucia, condenada y decadente, con una iluminación que resalta tanto la carne infectada como la frialdad de la nieve.
El director entiende que el terror nace de la información que se retiene. Los sustos no son trucos baratos, sino explosiones de ansiedad acumulada, recordándonos por qué Cregger se ha convertido en una de las voces más interesantes del género.

El “gameplay” traducido al celuloide
La película captura la esencia de jugar Resident Evil de una manera que pocas adaptaciones habían conseguido, apoyándose en algo cercano al “gameplay emergente”: la progresión de Bryan se divide en escenarios de dificultad ascendente, y las confrontaciones no se sienten coreografiadas, sino como encuentros desesperados donde la supervivencia pende de un hilo.
Diseño de criaturas y body horror sin remordimientos
Visualmente, el filme es una oda al horror corporal. Los infectados no son zombis convencionales, sino masas retorcidas de tentáculos y carne chirriante que se deforman ante nuestros ojos, en una secuencia memorable donde caen desde las alturas produciendo salpicaduras de sangre a gran escala.
Una anécdota de rodaje inquietante: el propio Cregger ha contado que Austin Abrams estuvo cerca de sufrir un percance cuando una bolsa de sangre y vísceras sintéticas cayó peligrosamente cerca del actor. Ese compromiso con los efectos prácticos por encima del CGI le da a la película una textura física que pocas producciones del género se atreven a perseguir. Te compartimos la escena.
Humor situacional y la ruptura del tercer acto
El balance entre comedia y horror es, probablemente, lo más divisivo del filme. Cregger inserta momentos de ligereza que humanizan a Bryan —como su torpeza para manejar armas de fuego— y detalles de ironía deliciosa, como la escena en la que, en plena masacre, decide comerse un puñado de cereal directo de la caja: un pequeño respiro de vida en medio del caos.
Sin embargo, a medida que avanza la trama, el tono se vuelve más campy y consciente de sí mismo. Hacia el tercer acto la película empieza a guiñarle el ojo a la audiencia, perdiendo la opresión del inicio para volverse un espectáculo más extravagante. Es divertido, pero ese aluvión de acción y locura puede resultar agotador hacia el final, diluyendo el terror puro de los primeros compases.
Veredicto
Con un ritmo envidiable y una duración de exactamente 90 minutos —sin grasa narrativa—, la película se siente como una montaña rusa de adrenalina, acompañada por una partitura de Hays y Ryan Holladay que acentúa a la perfección los momentos de ansiedad mecánica.
A pesar de un cierre extravagante que puede resultar divisivo para quienes esperaban un tono sombrío hasta el final, Resident Evil se consolida como la traducción más fiel que ha tenido la experiencia de juego en el cine. Cregger logra capturar esa incertidumbre absoluta de abrir una puerta desconocida sin saber qué hay del otro lado. Es un viaje sangriento, cínico y emocionante que, sostenido por la cinematografía de Wolski y la humanidad que Abrams le imprime a Bryan, revitaliza una marca que parecía condenada al olvido. Para el fan casual y el experto en horror por igual, es una parada obligatoria: para resucitar a un muerto viviente solo hace falta un director con visión clara y sin miedo al exceso.