Buena Vista Social Club en Puerto Rico: reseña del musical

El estreno de Buena Vista Social Club, El Musical en la Sala Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes de Santurce, es un hito para el teatro musical local: por primera vez, un musical activo en Broadway y de gira por Estados Unidos otorga una licencia para una producción puertorriqueña. Producida por Ender Vega para BAS Entertainment, la puesta recrea el montaje original de Broadway, ganador de cinco premios Tony y del Grammy al mejor álbum de teatro musical, con un elenco y un equipo artístico 100 % boricuas.

La obra rinde homenaje al álbum de 1997 ganador del Grammy y rescata la historia de una generación de legendarios músicos cubanos que, tras décadas de olvido, encontraron en la música una segunda oportunidad. La acción viaja entre La Habana de 1958 y la de 1996, el año en que se grabó el disco.

El libreto de Marco Ramírez fluye en español con una cercanía emocional que sostiene la función de principio a fin. La dirección de Arabella Powell y la coreografía de Carlos Falú, ambas recreaciones del montaje original, cuentan con Marcos Santana como director y coreógrafo asociado. El resultado trasciende la comedia musical tradicional y se siente como un sincero acto de memoria y celebración caribeña.

Buena Vista Social Club

Dualidad interpretativa: el desdoblamiento del tiempo y el afecto

Uno de los grandes aciertos de la obra es presentar a los personajes en paralelo, en su juventud y en su madurez. El público ve a la vez las ilusiones de los artistas en La Habana de 1958 y la melancolía reflexiva de sus años dorados en el estudio de grabación.

El acoplamiento más logrado es el de Omara Portuondo, con Cherry Torres como la Omara joven y Choco Orta como la adulta. Torres deslumbra con una voz limpia, precisa y vibrante, y captura la determinación de una joven que desafió convencionalismos para hacerse oír. Orta, sonera de imponente presencia, aporta madurez actoral y los matices emocionales de una leyenda viviente.

El resto del elenco mantiene ese nivel:

  • Michael Stuart es Ibrahim Ferrer en su etapa adulta, con una emotividad contenida y una ternura vocal que conmueve; Jasond Calderón lo interpreta de joven.
  • Julio Monge es Compay Segundo, junto a Luis Obed en la etapa joven.
  • René Monclova y Carlos García dan vida al pianista Rubén González, adulto y joven.
  • Modesto Lacén, como el promotor Juan de Marcos, es el eje que hilvana la memoria y la reunión colectiva.
  • Bri “La Pelúa” se suma al elenco como Haydee joven.
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Virtuosismo musical en vivo y el abrazo entre Cuba y Puerto Rico

La música no acompaña: es la columna vertebral que sostiene el peso dramático. Bajo la dirección musical de Juan Carlos Rodríguez, la orquesta en vivo ejecuta las partituras con rigor estilístico y convierte la sala en un vibrante salón de baile. Hay solos de lucimiento, como los del flautista Ángel Torres, y una sección rítmica de congas, bongó y timbal que no deja que la energía decaiga.

El momento de mayor carga simbólica llega con Luis Sanz, destacado cuatrista puertorriqueño que debuta como actor en el papel de Eliades Ochoa y que también toca el tres cubano. En su solo, Sanz entrelaza un fragmento de Preciosa, de Rafael Hernández. El guiño conecta la sonoridad cubana con el orgullo identitario boricua y provocó una ovación espontánea. Es un detalle que dialoga con Silencio, otra obra de Hernández que forma parte del repertorio del segundo acto.

El repertorio incluye clásicos del cancionero cubano. Dos gardenias ofrece pasajes de intimidad romántica, mientras El cuarto de Tula y Candela encienden la sala y llevan al público a seguir el ritmo desde sus asientos durante toda la velada.

Despliegue escenográfico y recepción del público

El diseño de producción aporta una dimensión visual que complementa la experiencia sonora. La escenografía de dos niveles, creada originalmente por Arnulfo Maldonado y recreada localmente con Miguel Rosa como asociado de escenografía, evoca con precisión la arquitectura habanera: fachadas de tonos cálidos y balcones ornamentales. La iluminación, recreada por Emmanuel Delgado a partir del diseño de Tyler Micoleau, transforma el escenario con fluidez de elegantes clubes nocturnos a espacios domésticos, hasta llegar al estudio donde se gestó la histórica grabación.

El vestuario, recreado por Alba Kercadó sobre el diseño original de Dede Ayite, y la ambientación detallada aportan un realismo elegante que transporta al espectador en el tiempo.

Buena Vista Social Club

Al final de la función de estreno, el público que llenó la Sala Antonio Paoli se puso de pie en una prolongada ovación, entre aplausos y coros de «¡otra, otra, otra!». La noche tuvo además un momento especial: Luis A. Miranda, padre de Lin-Manuel Miranda y pieza clave en la licencia que hizo posible esta producción, se dirigió al público en la primera noche del musical para expresar lo orgullosos que están del espectáculo. Sus palabras, de un vegalteño que ayudó a traer este título a la isla, subrayaron el valor de la producción para el teatro puertorriqueño.

En conclusión, Buena Vista Social Club, El Musical confirma la capacidad técnica y artística de la clase teatral boricua para montar producciones de calibre internacional y reafirma los lazos culturales que unen a Puerto Rico y Cuba. Fue una noche en que la música, la memoria y el talento se unieron para rendir tributo al arte antillano.

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