El panorama de las adaptaciones de videojuegos al cine ha cambiado de forma notable en 2026, con estrenos como Resident Evil que han elevado las expectativas, y Street Fighter llega con una misión casi imposible: estar a la altura.
Dirigida por Kitao Sakurai y producida por Capcom y Paramount Pictures, la cinta cargaba con el fantasma de la película de 1994 con Jean-Claude Van Damme y Raúl Julia. Tras años de intentos fallidos, la pregunta ya no era si una película de Street Fighter podía ser buena, sino si lograría respetar el espíritu arcade del juego sin avergonzarse de él.
Frente a ese historial, la nueva versión no necesitaba ser perfecta para convertirse en la mejor adaptación de la franquicia hasta la fecha; bastaba con ofrecer un espectáculo dinámico y divertido. En gran medida lo logra. Es una película cargada de energía turbo, que no consigue el nocaut, pero reparte suficientes momentos de adrenalina para justificar el boleto.
Una trama entre el choque místico y el torneo
La historia, escrita por Dalan Musson, Gary Dauberman, el propio Sakurai y T.J. Fixman arranca con un prólogo animado al estilo anime noventero, obra del estudio Titmouse Animation. Estamos en 1987: el artista marcial Ryu (Andrew Koji) gana el torneo World Warrior tras entrenar con el maestro Gouken (Don Lee). Su victoria, sin embargo, despierta a una entidad malévola, Akuma (Joe “Roman Reigns” Anoa’i), y fractura la amistad con Ken Masters (Noah Centineo).
Seis años después, en 1993, Ken es una celebridad mediática y Ryu vive retirado, intentando contener la fuerza oscura que lleva dentro. El reencuentro llega cuando Chun-Li (Callina Liang), agente de Interpol, recluta peleadores para un segundo torneo World Warrior. Tras la competencia se esconde M. Bison (David Dastmalchian), líder de Shadaloo, quien busca absorber el Hado o Psycho Power de los combatientes para inyectárselo y alcanzar habilidades sobrehumanas.
Anime en carne y hueso
Donde la película brilla con más fuerza es en lo visual y en la acción. Sakurai concibe las peleas como un anime en acción real: los personajes ejecutan sus movimientos característicos, lanzan bolas de fuego espirituales y aguantan castigos inhumanos antes de volver a ponerse de pie. La cinematografía mezcla la influencia del cine de artes marciales de Hong Kong con la estética de los noventa, y el diseño de producción procura evocar la apariencia de Street Fighter II. Hay honestidad en ese enfoque: la película no intenta volver el universo de Capcom más serio o realista, sino que abraza su exageración y la convierte en virtud.
La coreografía luce especialmente en las escenas compartidas por Koji y Centineo. El primer choque entre Ryu y Ken, en una habitación de hotel, resume lo mejor de la propuesta: comedia física, cámara dinámica y una rivalidad fraternal con corazón. Koji aporta una serenidad estoica que evita que Ryu resulte acartonado, mientras Centineo despliega la energía neurótica del hermano menor que necesita validar su estatus.

Entre las apariciones más comentadas está la de Cody Rhodes como Guile, quien irrumpe con su peinado flat top al ritmo de su tema musical. Jason Momoa, por su parte, da vida a Blanka mediante CGI y regala momentos entretenidos y absurdos.
Demasiados peleadores, poco torneo
A pesar de su ritmo festivo, el largometraje sufre por la acumulación de personajes. La narrativa invierte un tiempo desproporcionado en reiterar, mediante flashbacks frecuentes, los antecedentes entre Ryu, Ken y Akuma, y eso asfixia al resto del reparto.
David Dastmalchian interpreta a M. Bison siendo desenfadado y teatral, y funciona como homenaje al trabajo de Raul Julia en la cinta de 1994 sin caer en la copia. Sus reacciones de frustración ante el poder místico aportan un tono cómico y amenazante a la vez.
Figuras carismáticas como Balrog (Curtis “50 Cent” Jackson), Vega (Orville Peck), Dhalsim (Vidyut Jammwal) y Zangief (Olivier Richters) quedan reducidas a apariciones breves o simples cameos. En el terreno cómico, Eric André como el presentador Don Sauvage y Andrew Schulz como el agente Dan Hibiki aportan caos, aunque la inclusión de Schulz responde más a un recurso de exposición que a una necesidad dramática. Chun-Li y Cammy (Mel Jarnson), por su lado, no logran despegarse de los arquetipos superficiales del juego original. Es una lástima porque el casting acierta en el tono y varios de estos intérpretes tenían material para mucho más.

La falla más evidente está en el torneo mismo. Pese a presentar un cuadro de ocho participantes, la película solo muestra completos dos combates en la arena y resuelve el resto mediante descalificaciones o elipsis. Para quienes esperaban una estructura competitiva rigurosa, la omisión resulta frustrante, sobre todo en una franquicia cuya esencia es el duelo uno a uno.
La música crean el ambiente perfecto de los noventas
En cuanto a la ambientación de época, las canciones de los noventa en la banda sonora refuerzan la nostalgia, aunque hay incongruencias cronológicas con temas usados en escenas situadas a finales de los ochenta. Tampoco ayuda un desenlace que deja interrogantes con miras a una secuela. Aun así, la película mantiene una vitalidad constante que perdona buena parte de sus descuidos. Escuchamos bandas como 4 Non Blondes, The Offspring y hasta MC Hammer, reforzando la época de los noventa.
Veredicto
Street Fighter es una propuesta caótica, imperfecta y narrativamente desequilibrada, pero entretenida en la acción pura. Sakurai no logra articular un relato profundo ni darle espacio adecuado a toda su galería de peleadores, pero sí captura la esencia estrafalaria, colorida y ruidosa del videojuego de Capcom. Es, en suma, una película para disfrutar con el cerebro apagado y el espíritu de sala de arcade encendido. Para quien busque dos horas de combates dinámicos, nostalgia noventera y actuaciones comprometidas con el absurdo, la cinta cumple su objetivo y se disfruta en pantalla grande.
Resident Evil ha sido, en lo que va de año, una de las mejores adaptaciones de videojuegos al cine, lo que deja a Street Fighter con la difícil tarea de superarla. Eso no significa que vayas a pasarla mal: la película ofrece una propuesta distinta, pero igual de divertida.
Calificación: 3.5 de 5. Puedes verla cuando llegue al streaming, o si estás en el cine y ya viste las otras películas en cartelera, es una opción que no desentona.