Lee Cronin’s The Mummy: La momia más aterradora del cine moderno | Reseña

La resurrección de la momia en el cine siempre ha sido un ejercicio de reinvención. Desde los ecos clásicos del terror universal hasta el espíritu aventurero de finales de los noventa, cada generación ha moldeado a esta criatura según sus propios miedos. Con Lee Cronin’s The Mummy, el director Lee Cronin decide romper con todo lo anterior y construir algo mucho más incómodo, violento y, sobre todo, visceral. El resultado es una película que no busca complacer al público masivo, sino desafiarlo.

Aquí compartimos su tráiler.

Una reinvención radical del mito

Cronin, quien ya había demostrado su capacidad para revitalizar franquicias con Evil Dead Rise, lleva aquí su estilo a un territorio aún más extremo. Esta no es una aventura ligera como The Mummy, ni tampoco una reinterpretación nostálgica. Es, en esencia, una película de posesión disfrazada de historia de momias, una elección que puede desconcertar a quienes esperan vendas, maldiciones tradicionales y exploradores carismáticos.

Una premisa de pesadilla moderna

La premisa establece desde el inicio un tono inquietante. El prólogo en Egipto introduce una tragedia familiar cargada de simbolismo y presagios, con detalles perturbadores que anuncian el horror por venir. La narrativa se traslada rápidamente a la familia Cannon, encabezada por Charlie (interpretado por Jack Reynor) y Larissa (Laia Costa), cuya vida se fractura cuando su hija Katie desaparece en medio de una tormenta de arena.

El salto temporal de ocho años y el traslado a Albuquerque introduce un cambio de ritmo que mezcla el drama familiar con el misterio. El regreso de Katie, encontrada en circunstancias imposibles dentro de un sarcófago, activa el verdadero núcleo de la historia. Desde ese momento, la película abandona cualquier pretensión de realismo y se sumerge de lleno en el horror corporal.

Lee Cronin's The Mummy

El horror: más posesión que momia

La transformación de Katie, interpretada con una intensidad física notable por Natalie Grace, es uno de los mayores logros del filme. Cronin no se limita a sugerir el mal: lo exhibe sin filtros. Las contorsiones, la voz alterada y los episodios de violencia convierten al personaje en una figura profundamente perturbadora.

Más que una momia, Katie se siente como una entidad demoníaca, lo que acerca la película al terreno de The Exorcist y refuerza la conexión temática con el universo de Evil Dead. El horror aquí es físico, invasivo y, en ocasiones, abrumador. Cronin utiliza recursos visuales como el split diopter para intensificar la tensión, obligando al espectador a procesar múltiples planos simultáneamente.

Un asalto sensorial: sonido e imagen

El apartado técnico es uno de los puntos más sólidos. El diseño de sonido de Peter Albrechtsen no solo acompaña, sino que agrede. Hay momentos en los que la experiencia auditiva se vuelve casi insoportable, como si el espectador estuviera atrapado dentro de la escena.

La música de Stephen McKeon complementa este enfoque con una partitura que parece descomponerse progresivamente. Visualmente, la cinematografía de Dave Garbett apuesta por una paleta enfermiza, dominada por tonos mostaza y sombras densas. Las secuencias en Egipto destacan por su escala y belleza, contrastando con los espacios cerrados del clímax en Nuevo México.

Actuaciones: una revelación inesperada

En cuanto al reparto, Jack Reynor y Laia Costa cumplen con solvencia como padres traumatizados, pero es May Calamawy quien realmente se roba la película. Su personaje, la detective Dalia Zaki, aporta una perspectiva distinta y se convierte en el ancla emocional del relato.

Por su parte, Natalie Grace logra una transformación inquietante, sosteniendo gran parte del peso físico del horror con una actuación exigente y perturbadora.

Problemas de ritmo y lógica

No todo es éxito en esta ambiciosa propuesta. Uno de los principales problemas es su duración. Con más de dos horas, la película se extiende más de lo necesario para una historia relativamente simple. El último acto se siente especialmente inflado, con explicaciones que rompen el ritmo.

La lógica de los personajes también deja que desear. Decisiones poco creíbles —como ignorar señales evidentes de peligro— afectan la inmersión. Además, la transición entre el tono serio inicial y el desenfreno gore del tramo final resulta abrupta, generando cierta incoherencia tonal.

Exceso que divide

El mayor riesgo de la película es su propio exceso. Lo que comienza como horror impactante termina, en algunos momentos, rozando lo grotesco en un sentido casi caricaturesco. Algunas escenas provocan risas nerviosas debido a la acumulación de violencia y elementos extremos.

Sin embargo, este mismo exceso es también parte de su identidad. Cronin no busca moderarse, y esa falta de contención es precisamente lo que hará que algunos espectadores la amen y otros la rechacen por completo.

Conclusión: una experiencia intensa

Lee Cronin’s The Mummy es una película profundamente divisiva. No es una reinterpretación tradicional ni una propuesta accesible. Es un descenso al horror físico, incómodo y, por momentos, agotador.

La película recibe un 7.5 de 10. Es imperfecta, excesiva y narrativamente irregular, pero también audaz y visualmente impactante. Lee Cronin confirma que tiene una voz clara dentro del género, aunque aún necesita mayor control sobre el ritmo y la estructura.

Si estás dispuesto a aceptar sus reglas —y su nivel de violencia— encontrarás una de las experiencias más intensas del cine de terror reciente. Pero conviene advertirlo: esta no es la momia que recuerdas, sino una pesadilla moderna diseñada para incomodar y permanecer contigo mucho después de que terminan los créditos.

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